Querido sobrino: 

Te extrañará que tu tío te cuente esto, pero todavía no tengo un cabezón al que dirigirme y ya que no te puedo aconsejar en persona, por la distancia, te lo comento aquí.

Ya luego haces lo que tú veas con los consejos.

Tu tío, yo, siempre se consideró, más o menos, una persona de principios. Principios más flexibles en unos temas (pocos) y más rígidos en otros (muchos más). Los principios son lo que distinguen a las personas de bien de la chusma. No es la clase social, no es la cuenta bancaria, son los principios.

Principios son respetar a tu pareja, que lo es porque quiere, no se te olvide, no eres especial. Duda del amor, pero no del respeto.

Principios son respetar a tus amigos, pero los de verdad, los de cumplir sin preguntar, porque no hace falta. Porque harán lo mismo cuando llegue el momento.

Principios son no dañar a nadie si puede evitarse. Pero tampoco poner la otra mejilla, ojo. Una cosa es tener principios y otra ser imbécil. Ni lobo ni cordero, sino pastor. Frase manida pero válida como pocas.

Principios son sentirte a gusto con lo que haces. Entiéndeme, hagas lo que hagas, así sea el peor o el mejor trabajo del mundo, hazlo conforme, hazlo bien, sé profesional y merece hasta el último céntimo que ganes. Y no te avergüences de ello. Nada hay de malo en ganar y ganar bien cuando das un buen trabajo a cambio. Recuerda, el libre comercio es una de las bases de la sociedad. 

Principios son, por encima de casi todo, estar ahí para la familia. No hace falta que los llames cada día, no hablo de eso. Se trata de estar cuando hay que estar, cuando se han de poner las pelotas en la mesa porque hay que hacerlo. Olvidando enfados, rencillas o memeces. Si la familia te necesita, vas. No hacerlo es ser un mierda. Y, sobrino, se puede ser de todo menos un mierda. Hasta del Barcelona.

Habrá veces que te costará cumplirlos. Mucho. Los principios sólo lo son cuando cuesta cumplirlos.

Y es más, venía a contarte que yo los he incumplido. Nada grave, es cierto. Algo tan liviano como aceptar un trabajo aún a pesar de no estar de acuerdo con una cláusula. ¿Y por qué, me preguntas, acepté? Pues ese es mi último consejo de hoy, querido:

Entiende y acepta que, al final, todos tenemos un precio; unos mayor, otros menor; para unos es dinero, para otros será otra cosa; unos lo negarán porque no les ha llegado la oferta adecuada, otros porque son incapaces de ponerse en situación, pero todos tenemos un precio. Incluso la persona más recta rompería sus principios si de ellos dependiese la vida de su hijo, por ejemplo.

Puede que nunca te veas en la tesitura pero ten claro que te tocará lidiar con otros que sí se vean en ella. Ve preparado.

Lamentaré ver cómo conoces tu precio, si llega. Pero recuerda que por principios, como tío tuyo que soy, como familia, podrás llamarme.

Recuerdos a tu madre.